Competencia literaria, didáctica de la literatura y canon literario


Ilustración de Jean Zapata
Silvia Castrillón, bibliotecóloga egresada de la Universidad de Antioquia, directora de Asolectura, en una de sus publicaciones De antología #1[1] nos muestra que la escuela y la literatura desde siempre ha sido una extraña pareja, ya que si miramos la primera siempre se ha caracterizado por la normatividad y el dogmatismo, la segunda se ha distinguido por ser espacio de la libertad y transgresión. Pero aunque este dúo sea disparejo se hace necesario su enlazamiento, porque la escuela es el único lugar donde los estudiantes podrán tener un somero acercamiento a la literatura y a los placeres que concede la misma. Es por esto que determinare aquí algunos conceptos como: competencia literaria y didáctica de la literatura (pedagogía de la literatura) y canon literario.  Para tener en claro porque es importante la literatura en las aulas de clase y porque es necesaria la didáctica de la literatura para la potenciación de la competencia literaria.

La competencia literaria hace parte de acervo de competencias que Dell Hymes denomino como competencia comunicativa en contraposición a la teoría de la competencia lingüística propuesta por Noam Chomsky. La competencia comunicativa la define Jorge lozano como “…los conocimientos y aptitudes necesarios a un individuo para que pueda utilizar todos los sistemas semióticos que están en disposición como miembro de la comunidad sociocultural dada...”[2] He aquí, en estos conocimientos y habilidades donde encontramos a la competencia literaria la cual está sujeta al entendimiento de la literatura y su representación de la cultura en convergencia con las manifestaciones humanas; es dejar de ver la literatura como un simple cúmulo de aspectos históricos que se desglosa por periodos, escuelas autores y obras. Es ver la literatura como una experiencia de vida, de expresión ideológica, de argumentación critica. Es por esto que el reto de los docentes de lengua castellana y literatura es despertar el apetito por la lectura del texto literario. No obstante Daniel Cassany opina al respecto “la formación de lo que podemos llamar competencia literaria no es una tarea exclusiva del área de lenguaje y literatura, si no del proceso completo de la formación de la persona. No solamente la escuela y la enseñanza formal, sino también el ambiente familiar, social…”[3]   Cassany aquí nos afirma que la competencia literaria compromete el entorno, ya que debe haber un contexto favorable que empuje e influencie el gusto por la lengua y la lectura de obras literarias, pero desafortunadamente toda la responsabilidad recae en la escuela y por supuesto en el docente.

Es por esto que formar en literatura implica para el docente ser un guía de textos y autores y en ayudar a entenderla, en despertar el gusto por la lectura, para relacionarla con la vida y convertirla en modalidad estética del conocimiento.  El problema no se simplifica, pues la enseñanza de la literatura está entre dicha ya que siempre aparecerán preguntas como ¿Qué enseñar? ¿Cómo enseñarla? ¿Para qué enseñarla? ¿Cuándo enseñarla? ¿Con que mediaciones enseñarla? Es aquí donde aparece la didáctica de la literatura, que se resume como  la disciplina pedagógica que tiene como fin introducir a los estudiantes al mundo de los textos literarios, considerando las destrezas críticas y creativas que puedan desarrollarse por medio de actividades y metodologías motivadoras. Al respecto Fernando Vásquez nos da una aproximación del concepto didáctica de la literatura “…conjunto de estrategias enseñanza-aprendizaje, capaz de romper con tendencias conocidas como la concepción de la didáctica como recetario para dictar clase o preparar la lección… En lugar de esto se propone que el aula sea un ámbito o lugar de encuentro intersubjetivo; la lectura como interpretación; la escritura como producción critica; el estudiante como persona que piensa, siente imagina dentro de una cultura…” [4] La didáctica de la literatura muestra el camino indicado o por lo menos el menos tedioso  hacia la enseñanza de la literatura, porque aún se encuentran casos donde se desnaturaliza al diseccionarla, por movimientos, épocas, estilo, biografías, personajes principales, personajes secundarios, etc.

La pedagogía de la literatura  es no caer en las prácticas docentes de ayer, sino que es la alternativa para potenciar la competencia literaria, alternativa que está muy relacionada con la teoría literaria (fenomenología, estética de la recepción, psicoanálisis, hermenéutica, etc.)  Donde se podría privilegiar los géneros, la memoria, la creatividad,  consolidándolo con un canon literario. El propósito es introducir, aproximar, enseñar al estudiante a conocer y juzgar las obras del espíritu, para conocer el mundo, la sociedad y sobre todo a la misma humanidad.

Al respecto del canon literario, se hace necesaria la conformación de un acervo bibliográfico literario que evite al docente gastar tiempo en obras muy livianas y de muy poco trasfondo. El canon literario es en palabras de Harold Bloom “un acervo o corpus de obras literarias que se consideran obras de arte que han jugado un papel influyente en la formación occidental ya sea por su calidad estética, originalidad, o por ciertos aspectos formales o temáticos, obras que trascienden en la historia sin perder vigencia.”[5]  Está claro que se debe reflexionar sobre la escogencia de lecturas, no siempre lo que está de moda es lo más indicado o significativo. El canon literario permite tener referencias concretas, referentes de una cultura y de la sociedad.


[1] CASTILLÓN, Silvia. “De antología #1” Bogotá: Asolectura. 2000, pág. 34.
[2] LOZANO, Jorge. “Análisis del discurso: hacia una semiótica de la interacción textual” Madrid. Ediciones Cátedra, 1982. Pág.73
[3] CASSANY, Daniel. “Enseñar lengua” Barcelona: Grao, 2002, Pág. 488
[4] VÁSQUEZ RODRIGUEZ, Fernando. “Didáctica de la literatura - Alicia en el país de las didácticas: indecisiones y dilemas del profesor de literatura.” Cali: Universidad del Valle, 2005. Pág.20
[5] BLOOM, Harold. “El canon occidental”. Barcelona: Ediciones Anagrama, 1995

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